¡que sigan trabajando!

En defensa de la caca de perro

A propósito de los estereotipos, ¿somos cochinos los limeños?

Publicado: 2014-02-18


Estoy de vacaciones fuera de Lima, hecho que me permite disfrutar el delicado placer de no estar en mi barrio, Barranco.

Vivo allí desde hace apenas ocho meses. No he tenido un hijo, ni escrito un libro, ni sembrado un árbol en ese distrito (felizmente). Pero no es este el motivo de mi artículo.

Un video publicitario presenta en sociedad a los Come Caca. Perdón, #loscomecaca. Se trata de una iniciativa de la municipalidad distrital que, en teoría, expresa un mensaje para los vecinos que tienen perros. Señores y señoras, si sus mascotas hacen sus necesidades en la calle, por favor, depositen las heces en el tacho de basura más cercano.

Ese era el mensaje.

O debía serlo. Pero entonces las autoridades decidieron emplear otras palabras. Y al hacerlo, la defecaron. La lengua es un arma de doble filo. Que opine el que tenga opinión.

En el video, la municipalidad anuncia que los tachos del distrito en adelante estarán «disfrazados» como personajes odiosos del imaginario popular: la chismosa, la trampa, el corrupto, entre otros. (Extraña la clamorosa ausencia de estereotipos tanto o menos controversiales: alcaldesa ineficiente, policía coimero, cura pedófilo, aprista ladrón). De esta manera, el hecho de arrojar las heces en un tacho se convierte ahora en el nada sutil acto de «darles de comer caca de tu perro» (a esos personajes), según instruye el anuncio municipal. «Así podrás descargar la impotencia acumulada por años». El video muestra los tachos. La boca caricaturizada de los personajes. La caca canina entrando en ella.

Yo tengo un perro. Salimos a pasear varias veces al día. Y, como es natural, él expele copiosamente durante esas excursiones. Acto seguido, tapándome la nariz, recojo lo que hay que recoger en una bolsa de plástico. Busco un tacho, muchas veces a cientos de metros del lugar de los hechos, y arrojo allí la noble obra de mi mejor amigo.

No fue necesaria ninguna campaña publicitaria para educarme. Aprendí la costumbre en un barrio tranquilo, donde los buenos hábitos se contagiaban y los malos se sancionaban. En Barranco, sin embargo, muchas personas dejan las heces de sus perros en la vía pública con la naturalidad de quien olvida una flor. Ocurre en todas las calles. En todas las avenidas. En las zonas más ricas como en las más pobres. La caca de perro es parte inalienable de la cultura local, como la poesía durante el siglo XX.

Pero ocurre que en Barranco no solo hay caca en la vía pública. Las calles y avenidas están llenas de huecos. Los ladrones actúan a cualquier hora del día. El malecón del distrito ha sido invadido y ocupado por construcciones de nadie sabe bien quién. Los grupos religiosos arman fiestas en la plaza de armas y revientan petardos en plena madrugada. Si llamas al Serenazgo para hacer una denuncia, los agentes no contestan o, si lo hacen, nunca llegan. Drogadictos controlan los estacionamientos públicos (si no les pagas, te rayan el carro). «Tacaño conchatumadre», me dijo una cálida tarde de diciembre un tipo sucio que se ganaba la vida, curiosamente, al frente de la municipalidad.

En Barranco se vive una curiosa anarquía tropical. Si el vecino invade el parque para construir un edificio, y en ese puente me han robado ya tres veces, y se demoran cinco años en reparar las pistas, y los de la iglesia arman su fiesta a toda bulla, ¿por qué alguien tendría que recoger la caca de su perro?

Siendo justos, la proliferación fecal y otros problemas en Barranco no son responsabilidad plena del actual gobierno local. La mayoría son bastante antiguos: herencia de gestiones corruptas y de vecinos cochinos. La caca de perro solo es el chivo expiatorio de un problema que no queremos tocar y que no compete solo a un distrito sino a toda la ciudad.

Los limeños somos cochinos. Seamos sinceros con el estereotipo. No nos gustan las normas. Somos anárquicos y, muchas veces maleducados. Sospechamos de la ley. Desconfiamos de la autoridad. La autoridad desconfía del ciudadano. Cada quien juega su propio partido e improvisa las normas que le convienen. O como se suele decir entre amigos: «En Lima, la gente hace lo que le da la gana». Es la anarquía. Los camionetones se pasan la luz roja. Los autobuses paran en cualquier lugar. Los pasajeros tiran botellas desde la ventanilla. Los policías piden coimas. El serenazgo nunca está. El empresario construye edificios sin permisos municipales. Los que tienen casa de playa levantan muros para ahuyentar a la chusma. La «chusma» deja montañas de basura en la arena. El vecino no recoge la caca de su perro.

La ciudad no solo demanda más tachos de basura.

Necesita un gran electroshock. Una bomba nuclear. O quizá algo más radical que nos haga mejores ciudadanos, mejores autoridades, y que evite que nos odiemos y que empecemos a arrojarnos unos a otros la caca de nuestras mascotas. Los limeños tenemos que ser más educados. No puede ser tan difícil.


Escrito por

Marco Avilés

Periodista. Editor. Cholo sin plata.


Publicado en

Crónicas de Waterloo

Es un proyecto para llevar el periodismo al inodoro. Por eso, bájate los pantalones para comenzar a informarte. Y sonríe.